domingo, 15 de enero de 2012

Un cinéfilo sin filo


Eduardo, te mando este guión a ver cómo lo escenificarías, dame una manito por favor:


Estoy desparramado en mi cama, peléandome con las sábanas por varias horas, y me he preguntado hacia el final de esta madrugada: ¿Qué tanto hacemos en este mundo inmundo? ¿Para qué hemos venido a parar a este desagüe de sentimientos? ¿Para estar solos siempre, acaso? ¿Con ese sentimiento de culpa infinito que no se define en la soledad? Solo sé que soy un huevón que le hace preguntas a la sombras, que de eso sí estoy seguro.

Es que estoy triste hasta el cogote, y no creo poder soportar otro día más como estos. Llamo a Dios por teléfono público (pues no tengo blackburro) y le digo que, por favor, me dé de baja. Ya no aguanto le digo, córtame el cablecito, cáncelame la tarjeta "Ripley". I'm out, ya no quiero sufrir más, papálindo. Abandono el negocio para fumar cigarrillos cual chino en quiebra.
Soy un deprimido de miércoles, te lo admito. De pronto ya no quiero nada, cuando alguna vez quise, alguna vez te quise...
Ayer te quise mucho más que a mi vida, en serio, y mañana te voy a odiar más que a Gisela.

Así es la vida, pues. Mira: Tienes algo y lo pierdes. Nada dura para siempre. Esas malditas frases que siempre tienen la razón me castigan la existencia. Solo quisiera hacerme el duro indefinidamente, para hacerte creer que todo está bien, que no ha pasado nada, que no me ha afectado en lo más mínimo tu cruel indiferencia rotunda. Pero es como querer ocultar mi nula simpatía, es imposible. Soy feo hasta las entrañas, aunque no lo sepas.

Por eso voy a llorar hasta el cansancio, hasta la deshidratación. No por ser feo ni por ser malo escribiendo, sino porque no te pertenezco. Voy a ser el hombre más triste del planeta, y nadie me va a ganar. Tendrás algo de mérito, por supuesto. Aunque ni te enterarás porque, de hecho, ni te interesa en lo más mínimo lo que me suceda. Así salga en las noticias o mi avión se estrelle contra Macchu Picchu , será lo mismo para ti. Así algún día escriba algo que valga la pena y aparezcan mis artículos en cualquier diario mermelero, le harás más caso a lo que suceda en "Al fondo hay sitio" que a las desgracias que puedan ocurrirme a diario. Bueno, no es que pretenda llamar tu atención tampoco... no tengo con qué, de todos modos..

A pesar de todo, no te preocupes que siempre te tendré en cuenta. Seré el malhechor que nunca pudo robar tu corazón, de cualquier forma. Ah sí, recuérdame borroso, porque si me recuerdas bien y claro de seguro te espantarás y optarás por borrarme definitivamente, y eso no es lo que queremos, ¿verdad? Somos buenos amigos después de todo, tomaremos el disfraz de la amistad para calmar la tormenta, para decir que aquí-no-pasó-nada-señores, que se acabó la función. Lo que no sabes es que el payaso se cansó de sonreír y ahora llora en su camarín. Vamos a olvidar que alguna vez creí en el amor por tu culpa y fracasé en el intento.

Dale, ambos sabemos que solo fui un experimento extraño y raro, fui una de esas trampas amorosas que te pone el destino para abrir los ojos de una vez por todas. No puedo pedirte nada, no puedo ser exigente contigo, tampoco inteligente. Solo te voy a preguntar una cosa antes de cerrar el libro:

¿Me vas a dejar solo en esta película de terror?

Pero tú no respondes, y no respondes....

Aún estoy en la sala esperando que alguien me dé una explicación.



La película terminó pero el terror jamás...


-Estimado colega, te pido perdón porque no sabría cómo lo podría trasladar al cine, te juro que moquería demasiado en la filmación, demasiado. En verdad lo siento mucho...

La política del amor



No sé cómo empezar, ni tampoco cómo terminar. ¿Será necesario tanto alboroto? Digo yo, ¿Después de tanto sacrificio ponerse a pensar en estas cosas? ¿Qué quién puso la primera piedra? Nada. Mentira. Entre dos personas no existen piedras. Hay amor, odio, hipocresía, esas cosas, pero nadie dijo nada de andar construyendo por ahí. La destrucción es lo más común, a decir verdades.

Falso. Ni yo soy Castañeda ni tú Lourdes para creernos los dueños de la mentira. No somos alcaldes del corazón de nadie y jamás aceptaste tranquilamente mis huelgas, que de por sí, recibieron la patada y la cachetada de la incomprensión desde el principio; por el simple retroceso mío al intentar bloquear la carretera del odio que me dirigías, cual puñetazo de Maicelo, directo hacia mi corazón de votador indeciso.

Este tren eléctrico nunca llegó a su meta, lo tuyo fueron solo promesas presidenciales que se perdieron al viento. A la hora de la hora nunca firmaste el acta de paz que iba a establecernos como feroces aliados ante la puñetera vida. Yo confié en ti a ciegas, confié en tu mirada ganadora y esa sonrisa poderosa, esos dos condimentos por los cuales vendí mi alma al diablo y pasé a ser el hazmereír en muchas ocasiones, pero jamás importó porque si tú ganabas ganaba el Perú, mas nunca imaginé que yo saldría perdiendo.

Recuerdos hay muchos, como yo convenciendo a mis pocas amistades o familiares que eras la mejor opción, muchas veces ganando debates imposibles a punta de frases literarias, frases poéticas que me inspiraban tu mítica hazaña. "Ah, que vosotros no sabéis a quién elegir pues la vida es sueño, y los sueños solo sueños son, voten por ella porque la llevo en mi corazón". Y entre risas y aplausos te hacía la buena fama por ahí, porque soy una persona poéticamente cojuda, que a veces se deja llevar por sus sentimientos.

Claro. Si hasta fui presidente de mesa y les decía a todos que voten por la más linda. Fui perseguido por los cachacos al intentar boicotear los votos, pues veía que perdías popularidad ante todos y eso me rompía el alma. Hice tantas cosas para mantener nuestra alianza secreta bajo siete llaves, pero pasabas desatando lo que yo ataba, ya comenzabas a darme la contra y yo ciego solo pensaba que siempre había un margen de error en estas cosas, que nada era perfecto tampoco, y que eso no me debía alarmar.

Las encuestas señalaban que eras la peor candidatura, que no debía apoyarte, todos los días mostraban los diversos fraudes a lo largo de tu carrera: Las coimas cobradas, las personas manipuladas, y yo vaya que lo intenté, jugué a ser rebelde por ti, y lo pagué caro. La multa que me cayó fue inhumana, pero me sirvió de lección. La próxima vez elegiré con la mente y el corazón, porque no hay voto más sabio del que lo piensa dos veces.

Mira, yo no creo saber mucho de amor ni de política; sin embargo, sé que para ganar en ambos hay que ser un gran sinvergüenza.
Decir muchas mentiras para quedar bien, sonreír todo el rato para disimular, esas cosas no van conmigo pero que aprendí de ti, como sin querer queriendo.

Y que alguien me perdone si ahora te revoco (o te evoco,o me equivoco) mientras pienso que la vida puede ser cruel. No soy un analista experto en coyuntura política, ni mucho menos en estructura social, tampoco un filósofo existencialista, claro que no. Solo soy un ciudadano que decidió dar un paso adelante y sacar su propio partido, fundar su propia ideología de la vida y del amor, sin interés alguno en recompensas.

Es así que ahora competimos, cuando antes fuimos compatibles. Qué incompetencias del destino nos llevan a esto.

Cuando ganes mándame a la cárcel, ¿sí?
Así derrepente se me va la mala costumbre de escribir cosas tontas.



Más allá de todo seguiría votando por ti.

No porque seas la mejor,



sino porque nunca fuiste la peor.

martes, 25 de octubre de 2011

La pierdiz




Yo nací un día de Abril, en una tarde muy fría, gracias a una cesárea tortuosa.

Yo nací horas después, mi padre llegó de ese viaje a recibirme al hospital, cuando debió haber sido al revés. Yo te recibiré desde arriba primero y te devolveré el favor, papá.

Yo nací así y creo que te vi en el cielo, antes de llegar acá a sufrir la vida, antes de formar parte de la mercancía humana. Eras un ángel, pero con alas.

Yo nací en un tiempo lejano, la vida era bella y el fin del mundo estaba lejos, al igual que tú de mí, ahora.

Yo nací después de nueve largos meses, mi mamá estuvo muy feliz, yo no sabía cómo estarlo, en realidad no sabía cómo sentir.

Yo nací diez días después del coche bomba en aquel banco, mamá nunca cobró ese cheque por mi nacimiento y no sé si sentirme culpable por eso. Es que ahora el dinero significa tanto...

Yo nací alguna vez pero jamás gatié, me contaron que dormía mucho, era todo un soñador más que nada.

Yo nací hace algunos años, lo primero que aprendí fue a suicidarme de los brazos de quien me cargara, me gustaba caer (ahora no tanto caer bien).

Yo nací hace un tiempo, solitario. Comía solo, lloraba solo, soñaba solo, y aún todo esto lo sigo haciendo solo. Estoy solo, creo.

Yo nací entre esos meses, comía maní confitado y veía VHS viejos, lloraba mucho siempre. Hay algunas cosas que nunca cambian.

Yo nací un año y me vistieron de capitán de navío, quizás el sueño de mis padres; mas me dediqué a las letras y los decepcioné doblemente: Nunca seré capitán, y mucho menos seré tan bueno como ellos.

Yo nací muchos años luego de la Independencia, fui libre mientras pude, pero ahora que te recuerdo no hago más que vivir preso de ello.

Yo nací, ahora que Trujillo ya produce buen licor de caña, y yo siempre bebo en su nombre por que lo extraño y te extraño, y siempre fui un extraño a final de cuentas.

Yo nací años antes, después vinimos a Lima y se jodió el Perú, nos jodimos todos. Ahí me convertí en un jodido, les apuesto.

Yo nací en esos lustros, agarré ese libro y no pude dormir. Me prometí algún día escribir algo bonito, es la única promesa que creo que no podré cumplir. Perdónenme.

Yo nací en los años aquellos, temí a la muerte entre los brazos de mi madre, ahora temo perderlos pero no perderme.

Yo me perdí cuando te perdí, y ahora pierdo la vida mas no muero. Soy una pierdiz.

Yo nací una década casi, conocí el amor de la mano de mis abuelos, mas cuando se fueron siendo santos, el amor de este mundo se llevaron. Este mundo era más amable con ellos conmigo.

Yo nací dos décadas más o menos, malo para todo, bueno para nada. Digo que nací un día pero dudo de ello, acaso alguien sabe.

Yo nací años posteriores, el estudio, el orden ,el amor; nada de eso va conmigo. Yo no nací para eso, soy universalmente incompatible, discúlpame.

Yo nací ya mucho, al morir quiero que ustedes carguen mi cajón, hermanos, los quiero mucho; y después crémenme, por si se me antoja levantarme a abrazarlos por última vez y no pueda moverme siquiera.

Yo nací un día y tú no estabas a mi lado, y por eso puedo decir que nací incompleto. No soy perfecto, ya ves.

Yo nací un día pero jamás para tus ojos, yo nací tarde y por eso hoy he sabido que nunca te alcanzaré.


La vida es injusta para los que nacen.




Yo nací un día en que Dios estuvo enfermo - César Vallejo

miércoles, 12 de octubre de 2011

Un pingüino con frío





Hoy quedará escrito y registrado que por más que intento ser una buena persona jamás me sale. Han sido largos años para mí, en un insistente e incansable proceso de corrección constante para un día levantarme por la mañana y exclamar: "Ah carajo, ni cuenta que me convertí en un jodido buen hombre"
Un día de esos, entonces, me felicitaría a mi mismo por la hazaña, me abrazaría solo y como un gesto de modestia escribiría un pequeño discurso de agradecimiento para bah!, los tantos libros que acompañan en mi cuarto y maceran esta soledad madura.

Sin embargo, hoy estoy rindiéndome por enésima vez. Y ahora estoy de rodillas ante los poemas de Vallejo, pidiéndoles que dejen de acertar con mi vida, y descalabren mi tan cantado destino de tragedia y heraldo negro.

Resulta que en este invierno he querido ser tu más sincero amigo, y buscarte trás la niebla de esta mierdosa Lima. Acercarme hacia ti fue muy difícil. Me sentía como una hormiga trotando en el Sahara, pero cuando lo logré sentí que mi vida se iba componiendo con aquellas piezitas de rompecabeza que siempre me faltaron, tan imposibles de encontrar acaso. Tu presencia fue la pala que desenterró mi corazón perdido entre la triste nieve. Una amistad milagrosa.

Los días que pasaron fueron injustos y volaron rápidamente como las aves de la desgracia. Me has pedido no vernos nunca más, me has hablado con palabras duras porque has perdido al amor de tu vida por mi culpa, e insistes en que me haces daño, sabes bien que no es así. Sabes bien que fui yo quien vino a interrumpir tu vida cuando más feliz estabas, y fui yo quien la llenó de confusión y malas noticias. No te eches la culpa cuando yo sé que es la mía. No me arrebates este dolor que yo sé muy bien que, aunque no quiera aceptarlo, tu peor error quizás fue haberme conocido.

Ahora estoy sentado en esta incómoda carpeta, tan solo que ni ganas de nada. Estoy al fondo del salón, como siempre dando pena, y te voy guardando sitio por si en algún momento llegaras. Mas parece que eso no sucederá, parece que no.
Esta clase me duele en el alma, y es tan poco llevadera sin ti que pega tu ausencia a mi cerebro y mi corazón. Es más, en el colmo del cliché el maestro está conjugando el verbo AMAR en tiempo pasado, como enviándome un cachoso mensaje subliminal.
Estoy mirando aquella puerta cada dos minutos, por si apareces con esos ojitos redonditos a joder alegremente mi condenada existencia, pero no vas a llegar. Ni hoy ni mañana. Es el fin. Vuelvo a abrir la puerta y dejarla entreabierta para que te levantes a cerrarla temblando del frío, y resaltes mi estupidez por no darme cuenta, pero eso no sucederá. No vas a llegar y estoy llorando la desgracia de ser yo otra vez. Soy un llanero solitario y perdedor.

Solo quiero decirte que lamento haber arruinado tu felicidad, solamente intentaba ser tu amigo y llorar en tu hombro cada vez que esté triste, diariamente. Eres la amiga que nunca tuve y hoy te perdí sin querer, pero queriéndote como a nadie en tan poco tiempo.
No quise que perdieras al amor de tu vida, créeme, solo pretendía revelarte mis más tontos secretos para que me comprendas más y así conozca por fin el verdadero sentido de una amistad. Estoy loco desde ayer. Estoy loco por descubrir muchas cosas desde siempre, como las cosas felices que se alejan cada vez más de mi vida, como tú en este momento. Te perdí totalmente.
Ocasioné una pérdida en ti y es justo que te pierda. Esa es la verdad, pero no quiero aceptarla. Ahora cada uno seguirá su rumbo, como dos gotas de lluvia en el frío viento.

Prometo no olvidar nada, y acordarme de ti cada noche que esté llorando. Aunque no lo creas siempre habrá una lágrima guardada dentro de mi corazón, para derramarla por ti. Así como ahora se me van nublando los parabrisas, de la misma manera te voy despidiendo en esta noche.

Hasta siempre, amici.




Este curso del amor y la amistad lo jalé hace mucho tiempo, te pido por favor no te preocupes por mí...

martes, 9 de agosto de 2011

Cuando la vida es un trago amargo

Junio


Te estoy contando que estudio Literatura en una universidad de la capital y te cagas de risa tiernamente, como sin querer queriendo. No es la primera vez que me pasa, te cuento, ya estoy acostumbrado a recibir ese tipo de reacción que, al contrario de ofenderme, me halaga en su totalidad. Me pides perdón. No es necesario te digo, lo único necesario en esta vida es sonreír, y si te has reído de mi carrera universitaria me puedo sentir contento, al menos por esta noche.

Quieres saber mi edad. Pues si hablamos de edades es porque te importa demasiado el tiempo, puedo predecirlo aunque no me lo digas. A mí no me importa mucho, la verdad. Puedo tener quince o veinte años y eso no va a variar mucho las cosas que hago. Uno no elige cuánta edad tener y esas cosas, yo solo sé que tengo diecinueve y que no es mi culpa.

Acá en el norte las cosas son muy diferentes, me cuentas. Todos somos como que muy alegres, nos alegramos de todo a veces, hasta cuando conocemos extraños (y me mira fijo). La otra noche tus amigos de la universidad se fueron a la zona rosa en una camioneta vieja,me cuentas, todos escondidos en la tolva, tapados por una frazada vieja de Gokú. Manejaba tu enamorado, bueno, tu ex-enamorado en estos momentos, y que sí, no lo puedes negar, que lo has querido mucho en su tiempo pero que eso ya es otra historia, que por eso estás en esta fiesta, para celebrar tu libertad recuperada, que no es más que el despedazo de tu soledad malgastada. (Pero eso no lo dices)

Y así de alegre me preguntas qué pienso hacer por la vida. Yo digo que nada, nada que me vaya a hacer rico, nada que me ayude a conquistarte, tampoco. Te ríes cojonudamente, has pillado el chiste con un sarcasmo elegante. En serio, pues. Y yo te digo que ya sé que parezco un farsante, pero que deberías creerme al menos un poquito. Me has respondido con otra sonrisa, y entonces yo en mis más oscuros pensamientos pretendo que nos estamos llevando muy bien.

La casa, esta, es muy grande; sin embargo, nos ha quedado chica. Hemos llegado tarde, mi primo y unos amigos nos detuvimos unos minutos a comprar un buen par de rones añejos para justificar nuestra presencia. No obstante, sin darnos cuenta nos vimos abriendo un par de latas para matar la sed y de pronto, inevitablemente rotando una caja de cerveza en la misma tienda para verificar si el licor que expendían era de buena calidad y no nos fuera a envenenar.

Nadamos algunas horas en cerveza antes de que los demás invitados nos madrugen con saludos borrachosos. El dueño viene ahora hacia nosotros y nos abraza con una fraternidad única, luego nos pide de todo corazón que no seamos carepalos y que, aunque sea, bailemos un ratito, en lugar de estar parados como árboles succionando todo el licor de la fiesta, con nuestras raíces que tendimos en este pequeñejo rincón de la casa desde que llegamos.

Es en ese momento que todos nos separamos graciosamente, previo acuerdo, y algunos se van haciendo los locos por ahí, caminando como hormiguitas. Mi primo, por su parte, se dirige a la tienda por quinta vez en la noche, mientras que yo me alejo del bullicio, como un llanero solitario, y me siento en el patio a conversar con el jardín y las colillas de cigarro, porque simplemente no puedo conmigo mismo.

No era una estrella sino tú, te digo, lo que brillaba tanto y me hizo voltear la mirada. No es para tanto, me dices, vaya a creerte alguien tus mentiras, y me mira con una cara de agradecimiento muy peculiar. Yo no puedo mentir sobre estas cosas, te digo, son simplemente realidad. Está bien, me contestas, solo no exageres, es lo único que te pido. Habías caminado hacia mí como una revelación, y me habías preguntado si era de aquí (del norte), también.

Sin lugar a duda ese vestido es deslumbrante, y su sonrisa tan bonita que me pondría a dibujarla ahorita mismo, pero con las justas sé escribir, y mal. Eso planeo decirle pero, demonios, han puesto una canción muy de moda y no bailar se vería muy cojudo de mi parte. Así que me toma de la mano y me introduce en ese ambiente de humo y perdición, en el cual no identifico a mis amigos ni a mi primo, y quizás ni a mi mismo.

Entonces, te estoy contando que estudio Literatura en una universidad de la capital y todas esas huevadas para intentar caerte bien. Ahora, estoy bailando como un mono esquizofrénico, esta música de discoteca venida a menos, mientras tú te deslizas como una gacela en la pista de baile imponiendo respeto. Yo doy vergüenza ajena , lo sé, pero no importa, a estas alturas de la noche puede que ya no me indigne nada más que perderte el rastro, tanto a que se burlen de mí.

Después de una hora me estás diciendo que estás cansada, que vas con tus amigas un rato. No tienes por qué pedirme permiso, te digo, no seas tonto me respondes, si puedes tráeme un trago, por favor. Y yo, a sus órdenes princesa, con una voz cachosa que te roba una sonrisa mágicamente, como cada cosa que digo y se me escapa.

Y yo que busco a mis amigos y a mi primo entre las sombras, pero no los hallo. Me han dicho por ahí que se fueron a comprar todos, y yo creo que es posible que se hayan quedado tomando allá. Entro a la cocina y el dueño se pone a llorar en mi hombro. Tranquilo hombre, le digo, no hay mal que dure cien años, y me regala una cerveza. Eres sabio, me dice, pero no sé quién mierda eres.
No te preocupes, que al final nadie sabe quién es, le respondo, pero es muy tarde y está vomitando en el lavadero.

Salgo con la cerveza en mano y ahora la busco a ella, veo entre sus amigas pero no está. Tal vez está en el baño, pienso, y me siento por ahí a esperar que aparezca. Aprovecho el momento para buscar a mis conocidos, mas no están por ninguna parte, tampoco. Han puesto una canción estruendosa, una cumbia del momento que provoca que mis pies se muevan solos. Me aguanto las ganas de hacer mis payasadas y comienzo a observar a la gente que baila. Y ahí la veo, con quien quizás sea el mismo Jhon Kelvin en persona, y me parece graciosa la escena pues estoy viendo la bella y la bestia por segunda vez en mi vida. Ella es espectacular, vaya que sí.

Y conversan, parecen recién conocerse también. Y él le cuenta al oído que estudia una ingenería muy extraña, que le dará mucho dinero convirtiendo las piedras en oro, y que viene de la capital a estudiar aquí porque le aburre la ciudad, que tiene más de veinte, de hecho. Mas de pronto la toma de la cintura y la hace girar como un trompo, se asoma a ella con malicia e invade su aliento, la atrapa con esos brazos tramposos, y la besa locamente, casi obligándola.

Me aterro y planeo ir a defenderla de aquel tipejo arrecho, pero ella lo toma del rostro y lo besa más apasionadamente de lo que me pude imaginar, tanto así que hasta el sujeto parece sorprendido.

Yo observo la escena aterrado, como un baboso y me convenzo que ser bueno y sincero no te lleva a ningún lado. Yo no entiendo aún por qué no puedo desalojar ese espíritu de perdedor y de poco egoísta que vive dentro de mí, y pienso que soy muy inocente para mi edad porque todavía sigo creyendo en las personas.

Abro la botella y comienzo a beber de a pico. Me siento en un rincón y nadie vuelve aún, quizás nunca vuelvan. Pero ya no me preocupa nada, hay golpes en la vida, tan fuertes yo no sé. Estoy solo y decepcionado, y así como este jardín, también me siento pisoteado, pero en el alma.

Entonces miro las flores y me parece que son hermosas (deben ser artificiales, también). Yo quisiera que a mí me entierren en un lugar así, pienso, luego agacho la cabeza y me duermo como un topo.

Ya ni sé si lo que amarga mi corazón es la cerveza o quizás la vida misma...



La vida te de sorpresas, sorpresas te da la vida. - Rubén Blades



T.

sábado, 21 de mayo de 2011

La fundación de la felicidad




Ayer fue todo bonito.

Recuerdo que nuestros clones se cruzaron y apresuraron el paso de inmediato, ignorándose completamente el uno con el otro.
Recuerdo que fundamos la felicidad esa vieja tarde, mientras las palomas nos cagaban las huellas que dejábamos descuidadas. Fuiste tú quien me sorprendió, cuando de la nada te plantaste como un árbol sobre tu lugar y me dijiste, sutilmente, que nos acababan de cagar el pasado. ¡Era de esperarse!, creí yo. Y corrimos por aquel caminillo del parque como si fuese un peligroso puente colgante: ¡No nos van a cagar el porvenir también! Eso fue lo que grité y parece que ello te fue suficiente, pues te observaba más tranquila.
Luego de eso fue que te compraste un gracioso helado de leche y me torturaste no invitándome. "A ti todo te cae mal, no comerás, no comerás hasta que seas más tolerante", me dijiste así. Y yo te confesé que ciertamente era intolerante a la lactosa, además te prometí ya no volver a las huelgas y a los paros nacionales (Pero si supieras que el helado no me cae mal, hermosa, sino el heladero).
Pues hoy(ayer) todo es blanco, ¿puede ser?, mira: Las heces de las palomas, el helado que compraste, el vestido de novia del cual me contaste, mi estado de cuenta en el banco, y sobre todo la memoria de la gente en estos últimos días de verano.
Es chistoso, me dijiste: "Hoy estamos todos aquí y mañana quién sabe, quizás allá, o quizás nisiquiera estemos nunca. ¡Comienzo a pensar que las personas tienen memoria de pollo!" De paloma, te digo, de paloma, y por primera vez me sonreíste, como señal de afirmación.
Porque fue así que me diste la razón como nunca ("Todo porque hoy hemos fundado la felicidad") ¡Qué cosa para más extraña eh! .Nos van a recordar me dijiste, de eso sí no te olvides.

"Espera, a estas alturas de la vida siento que me olvido de algo, espero que no sea de ti."

Se había acabado el helado, la tarde, el parque, la conversación. Todo nos suele quedar pequeño, a veces. Vamos a comer algo, te dije, y tú que no porque no te gustaría engordar, igual vamos a algún lugar que vendan picarones, pero.
Has de acordarte, mucho mejor que yo por supuesto, que le pediste a la picaronera una triple porción y, además, le rogaste te conceda un banquito porque últimamente estabas cansada de caminar y de todo, y hasta de mí, por qué no. Ni habías terminado (ni comenzado) de comer cuando te montaste en el banco y tambaleando tímidamente comenzaste a dictar un discurso poéticamente bello, que lo sentí casí mío:

"...Y hoy van a escucharme todos, por la voluntad de la harina y la miel que la picaronera amasa, por la dicha de estar reunidos frente a los dos fundadores de algo tan novedoso como la felicidad, algo que tal vez nunca han conocido o conocerán durante el transcurrir manso de sus vidas. Aquí, parada en esta banquita de madera, declaro la independencia de la felicidad para todos, con la sola condición de aparecer en los billetes de quince soles. También, exijo que los picarones sean nombrados patrimonio inmaterial de la humanidad. Por último, solo pretendo que sean libres y capaces de ser felices incluso llorando, porque nadie puede ni debe ser digno de jactarse del llanto ajeno, teniendo el propio."

Recordarás que aplaudí con todo mi corazón. Creí estar salando los picarones con lágrimas debido al cierre tan emotivo. Fue genial. Y lo más genial sin duda fue que solo lo oímos los tres, no había nadie más (tampoco tenía por qué haberlo), y fue suficiente.

¿Sábes? Ayer no quise ser tan sensible. Tampoco quise ser el gran error de tu vida, en serio. Sin embargo, eso es así, así soy yo y procuro pedirte perdón cada vez que puedo, para recordarme que es posible perdonarme, y que lo has hecho.

Lo que más me acuerdo de la fundación es tu sonrisa, mientras coronábamos a la picaronera como madrina y nos rendíamos un banquete imperial.
Aquella vez me dijiste que era posible ser felices.

No obstant hoy despertó mi sombra,como nunca, y no estabas, como siempre.
Y yo te busco hasta debajo de la cama porque puede que te hayas asustado de mi cara y prefieras estar allá abajo con el Cuco conversando, pero miro y no estás.

Déjame decirte que el mundo se veía excelente desde esa banquita, pero mejor aún se veía desde dentro de tu corazón.

La felicidad suele tener nombre y apellido muchas veces, y como verás no siempre se puede fundar en todos los corazones. Ya lo hemos comprobado.

Ambos olvidamos una última instrucción, finalmente...


¿No lo crees?

jueves, 17 de marzo de 2011

Sigo siendo un cowboy

De: Enero 2010

Te voy a dar hasta tres para que desaparezcas. Uno, dos , tres. Caprichosa. Te disparo y no te vas. Es imposible deshacerme de ti. Tal vez por eso ande contigo esta noche.

O madrugada.Ya es de madrugada. Prefiero no saber la hora. Solo supongo que deben ser más de las tres porque las personas ya están regadas por el piso, como cigarrillos pisados, como chapitas de Sprite, como mis ganas de seguir pensando en cosas bonitas y mágicas, y esas cojudeces mías.

Camino. Camino solo porque no me gusta darle explicaciones a nadie. Ni a mi mismo.
Sé perfectamente que si pasa algo seré el único culpable. Que si me peleo con un borracho confundido o enamorado, nadie lo sabrá. Que si la noche me arrincona en un bar desconocido, seré el vaquero solitario que se tome una cerveza y mire a los demás extrañamente, como detestando la compañía inevitable. Que si se hace demasiado tarde, seré el que sabe que en ningún lugar está el amor y por eso no lo busca, al contrario, huye de él con todas sus fuerzas, se esconde debajo de una piedrita y espera a que se vaya por favor, a que se vaya por favor...

He tomado la cerveza más amarga de mi vida. Y he sido egoísta, no la he compartido con nadie. No vale la pena. No vale sus 5 soles tampoco. Hay cosas que no deben valer nada, de seguro. Pero ya la bebí, y ahora quiero otra. Pero en este lugar no, conozco otro más allá. Donde paran las almas decadentes, los poetas borrachos, los músicos que nunca fueron, las mujeres que nunca se casaron, los hombres que ya se cansaron. Esa gente que me cae muy bien y no sé por qué.

A veces quisiera patear todas las puertas como un cowboy. Romper todas las reglas y dejar mi caballo en el estacionamiento amarrado a un poste de luz para cagar al del valet parking. Caminar hacia la barra haciendo sonar mis botines, y reclamarle al cantinero, mientras me agarro el sombrero de cuero, que me sirvan una cerveza fría porque yo soy, carajo, el tipo más bravucón del condado. Entonces, beber la cerveza como un maleducado y hacerle guiños a la mujer más bella del lugar. Pasar mi puño sucio por la boca para limpiarme la espuma y acercarme a ella con la intención de formularle la típica ruda pregunta: ¿Quieres robar un banco conmigo? Y esperar ser choteado ahí, no por malo, ni anticuado, ni grosero; sino porque soy yo. Pues así fuera vaquero, escritor, presidente, estoy seguro que no irías conmigo ni a la esquina, nicagando.

Que va a ser. Estoy solo y en los bares a esta hora ponen música triste, música que te arranca lágrimas de los ojos, como con pinzas. Estoy aburrido de la misma gente vacía de siempre. De esas sonrisas falsas, de esos cuerpos operados, de esas caras maquilladas, de esas dietas balanceadas, de esa gente fabricada en los gimnasios que parecen maniquíes de Gamarra. Todo es comprado, con algún interés de por medio, para obtener algún beneficio. Quedan tan pocas personas y tanta gente del montón, suelta por ahí.

Estoy caminando por esta calle y cada discoteca me vomita una persona similar. La humanidad ha de haber perdido ciertos designios divinos, para transformarse en una especie de espectro reproducido en cantidades industriales, con el mismo sello y copia en cada individuo. Odio esta ciudad.

No quiero tomar más cerveza, ni ningún otro alcohol. Es probable que ello me deprima de sobremanera. Comenzaría a pensar que no tiene sentido beber solo pues no hay con quien brindar. Y es que, porsupuesto, no hay nada que celebrar. La soledad no se celebra, se cuida. Se guarda en el alma con mucho cariño porque a veces es lo único que nos queda, lo único.

Cruzaré esta calle y dejaré a todas esas personas atrás. Que conversen de la moda. De sus fiestas banales. De sus relaciones interesadas. Para mí, les juro, ahorita me resulta más importante comerme un pollito a la brasa.

Voy a comerme un pollito a la brasa en esa pollería que nadie visita. Esa, la del fondo, la que nadie mira nunca. Donde los pollos se mueren de vejez y no en un plato de 28 soles (con papas, cremas, gaseosa o chicha y ensalada). Donde la mesera no limpia las mesas porque nunca se ensucian. Donde las personas solo llegan por curiosidad y jamás se quedan, por miedo. Donde lo único que pasa es el polvillo (y eso es). Donde el chef solo cocina para él (y a veces para la mesera). Esa pollería quiero para mí, es perfecta.

Y me sentaré. Me pondré cómodo mientras le digo a la mesera que me dé un cuarto de pollo. Y me contestará que a ese cuarto solo ingresa personal autorizado, como el chef o como yo (ella), que siempre le da la razón al cliente pero que esta vez, perdóneme usted joven, no va ser posible eso. Yo sonrío, le digo que en serio me dé un cuarto de pollo porque tengo una hambre desgraciada. Y me recrimina, desconfiada, que seguro debo de ser uno de esos coimeros inspectores que siempre vienen a comer gratis, que debo de ser uno de ellos porque hasta la pinta tengo. Percibo que en ese cuarto debe pasar algo muy extraño, oscuro, siniestro y que los pollos tal vez están jugando póker de tanto aburrimiento. Yo quiero, le digo, la cuarta parte de un pollo entero, por favor. Se lo digo con una sonrisa gigante, como de idiota, porque me impresiona su inocencia. Lo hubiese dicho desde el principio pues joven, y me mira con el cejo fruncido, hay mucho trabajo acá y me hace demorar así.

Se va, yo me quedo sentado (y ausentado). Y me quedo más que nada con la sensación de que todavía existe gente pura, gente humilde, gente sencilla. Que puede ser interesante conocer mucha gente así, y conversar horas y horas sin sentido de cosas, esenciales como de un cuarto de pollo que nunca conoceré.

Y me despido de la soledad en este mismo instante, que se vaya a la cochera.

Claro que sí. Si es que algún día muero solo, quiero que antes mis plumas escriban algo verdadero.




Por mientras que más quisiera que tú....